A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó, cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.

Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda. Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.

Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la gente que estaba en la puerta quería entrar.

—¡Ven! —dijo Matho a Salambó—; Amílcar ha incendiado el campamento de Autharita.

De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola.

Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado. Se quedó melancólica ante su sueño realizado.

Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa. Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar, las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al viejo Giscón.

En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre, dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó todo.

—¡Eres tú! —preguntó Salambó medio asustada.

Alzándose sobre sus puños, él replicó: