—¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena de maldecirte.

Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un fantasma.

—Pronto cumpliré cien años —continuó Giscón—. He conocido a Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran! ¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina!

Salambó quiso hablar.

—¡Ah, he sido testigo! —le interrumpió Giscón—. Te he oído gemir de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba, debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre!

—¡Cómo! —interrumpió ella.

—¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma salvación de Cartago.

El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:

—¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!

Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano, miraba del lado de Amílcar.