—¿Es por aquí, no es verdad? —preguntó a Giscón.

—¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar santo que manchas con la vista.

Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció.

Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.

Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda, una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en la plataforma.

Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose, reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro.

Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.

Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico, para buscar una entrada por cualquier parte.

Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que el zaimph había desaparecido.

Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él. Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera.