Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha, como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar.

Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente, Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.

El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo, mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:

—¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!

Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad, explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta.

En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor.

El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas; Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras, besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo.

Había incendiado el campo de los libios para terminar y por desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses: disimulando su alegría, contestó:

—¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República, pero Amílcar no es ingrato.

Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al tiempo que hablaba: