—¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!

Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el zaimph.

La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado grito de triunfo y de esperanza estalló.

Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos, pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña, pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó.

Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza. Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas, sin volver la cara.

El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo:

—En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.

Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas encorvadas sombreaban sus mejillas.

Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que rebota.

XII