EL ACUEDUCTO

Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de heridos, de muertos y de moribundos.

Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había bajado por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el espacio en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros. Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto, los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas desde las cuales los dominaba.

Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas. Un gran montón de cenizas humeaba en el sitio del de los libios; el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas, hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas, horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo, paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos, sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales, aunque no había llovido.

Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo. Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en grupos, se miraban asustados y sin hablar.

Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una nube de polvo gris.

Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los agonizantes.

Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla, bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el vientre.

Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que hicieron los númidas.

Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un lado.