Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción, creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago.

Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos el aspecto de un obelisco andando.

Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda. Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:

—No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí!

Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.

El hombre no cayó; desapareció.

—Si estuviera herido, le oiríamos —dijo Espendio; y subió aprisa, de pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico con su martillo y se volvió.

No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su sitio.

Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto, cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la victoria para los bárbaros.

En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas, de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando, bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.