Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia abajo, como asustado de su obra.

En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron; los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación. Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba los brazos.

XIII

MOLOCH

Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se erizaban las máquinas.

No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas funcionaban como hondas y otras como arcos.

Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.

Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas.

Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un puñetazo hacía saltar el resorte.

Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo.