Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.
Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina, parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las llevaban a los soldados.
También se preparaban los cartagineses.
Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.
Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.
Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental, defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar su espesor.
Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.
Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol, resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.
Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con oscilación regular al empuje de los desnudos brazos.
Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.