La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.
Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.
El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro; además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido expresarlo con palabras.
Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al Sufeta.
Palideció Amílcar, y replicó vivamente:
—Que suban.
Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la capucha que le tapaba el rostro, dijo:
—¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!
El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía delante.
Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo. Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil, con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.