Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz baja:

—Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa, sepan de él.

Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían visto entrar.

—Las calles estaban desiertas —contestó el esclavo.

A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.

Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las comunicaciones y empezó a padecerse hambre.

Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían levantado barricadas por miedo a los vecinos.

Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura que el viento agitaba sobre las terrazas.

Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose en los cadáveres injurias como puerco, chacal, piojo; y burlas como «¡Lo tengo bien merecido!»

La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo que se hartaron durante tres días.