Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el golfo.

Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.

Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a cumplir la orden.

Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos después de un viaje demasiado largo.

Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una catapulta flanqueada por dos ballestas.

Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.

Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios. Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.

En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron algunas cabezas de bárbaros.

Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas, agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo, apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.

Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una lluvia sobre los combatientes.