Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho tiempo los sobrevivientes.

Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos de hombres por el aire, con los brazos extendidos.

Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación, cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.

De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.

Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho como la rueda de un carro.

Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.

Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió para llamar a sus compañeros.

Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer, y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.

Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, sacudiendo el tridente.

Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le vociferaba injurias.