Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, agotado.

Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas que cantaban con cadencia.

Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la catapulta.

Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas. Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en cascos y ánforas.

Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.

Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.

No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, se mostraba como una gran mancha de púrpura.

La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían, despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.

Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua cenagosa.

¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez descansados, volverían a la carga.