El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto nada.

En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que dormían tenían aspecto de muertos.

Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres, recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la República, iban sin duda a vengarse.

Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch, el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían; y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de recomendarla como la más fácil y menos dura.

Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba exclusivamente sobre las grandes familias.

Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay cosas más arduas de decir que de ejecutar.

La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.

Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de la que muchos bebieron echados de bruces.

Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.

Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y que el rey de Macedonia enviaría un ejército.