Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.
Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.
Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.
—¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...
Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la otra luna, acompañado de un viejo.
Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.
Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.
Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y jadeante como si se fuera a morir.
Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem.
—¡Oye! —le dijo—. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!