Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras de las moscas.

¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.

—¡Vete! —gritó.

El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.

La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta. Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban.

Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente con los puños cerrados.

El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.

En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»

Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno de los miserables parásitos del palacio.

—¿Qué quieres? —le preguntó el Sufeta.