Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las plañideras en un entierro.
—¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!
Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.
Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible, que con los brazos extendidos, gritaba:
—¡Hijo mío!
De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con las manos, dijo a su vez:
—¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! ¡Basta, basta!
Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, cerrando en pos, de un golpe, la puerta.
Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus lágrimas.
Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le contuvo con una caricia.