Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con Lamia, ogresa de Cirene:

—¿Dónde está? —preguntó el niño.

Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y los mataré!»

Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la luz de los destellos que le rodeaban.

Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.

Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por tanta ternura, se callaba.

Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los despreció.

Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo empujaron hacia la plaza de Kamón.

Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el ejercicio de su cólera.

Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.