Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante su esplendor.

El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños en pañales, que con los talones rozaran el suelo.

Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación.

Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que luego guardaban como cosas venerandas.

La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara; los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.

Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas que temblaban sobre los pálidos rostros.

Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.

Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión en dialecto megaro.

De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, con la cara junto a la alambrada de cobre.

Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.