Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente su pensamiento decidiéndose por Baal.
Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente. Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, que se apartaba al acercarse él.
Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al cielo.
Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.
Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como absorto en el anhelo del terror.
Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces el himno sagrado.
—¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!
Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban, tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de langosta.
Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito quedó vacío.
Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los instrumentos; crepitaba el fuego.