Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a la multitud.
Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este movimiento sanguinario y clamoroso.
Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba, un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías de la muerte y los renacimientos de la eternidad.
Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría tapicería les impedía ver y ser vistos.
Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las llamas levantaban las colas de sus mantos.
Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»
Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color escarlata de la estatua.
Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por los cuerpos enteros.
Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.
A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la región de las estrellas.