Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el espectáculo estremecidos de horror.
XIV
EL DESFILADERO DEL HACHA
Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.
Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, gritaban para facilitar su tarea.
La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, cascote y muebles.
Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria renacía.
Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la complicidad en los crímenes irreparables.
Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas; al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro, buscando sus armas y municiones averiadas.
Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó.