Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.
Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había entrado en su territorio, procurándose bastimentos.
Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se cuidó de reemplazarlos.
Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres, cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que al fin el dios iba a intervenir en la guerra.
Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió al palacio de Salambó.
No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de sus derechos de esposo: poseerla.
Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó que le dijeran que no podía recibirle.
Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.
En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.
Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a los habitantes de Útica.