Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y tres mil rebel de buen trigo.
Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían resistirles.
En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.
Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.
Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.
Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.
Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en que se procuraba ganar las montañas.
Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin desanimarse, le seguían los pasos.
Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto; se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se detuvo. No se descubría ninguna salida.
Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás, pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.