Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban como niños.
Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina, que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña.
Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para observar si se derritieron las nieves.
Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta desaprensión.
A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros, y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la comieron con deleite.
Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.
Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.
También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para saciar el furor.
Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.
Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían los orines enfriados en los cascos de cobre.