Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. «Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.

Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones; ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían incrédulos.

Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se alimentaba con ella.

Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la voluntad.

Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban silenciosamente a su tristeza.

Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos, donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un festín.

Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta, inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse, porque ignoraban dónde estaba Amílcar.

Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta.

En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.

Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un grito.