Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad del ejército.

Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña un hombre frente a él.

Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.

Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés desapareció. Quedaron todos a la espera.

Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante, con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba.

Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no sabían qué camino tomar.

En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas, girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez embajadores.

Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.

—Yo seré quien hable.

Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación del ejército.