Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una tienda de campaña.

En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, puestos en pie.

Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.

En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio tenía miedo, balbuceaba.

Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.

El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón, porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.

Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.

Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:

—¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!

—No; me bastan diez —contestó Amílcar.