Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo a Espendio:

—¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!

—¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! —repuso Espendio—. ¡A Amílcar!

Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si Amílcar fuera un ser inmortal.

Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y volvieron a entrar en la tienda.

Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba. Luego añadió:

—¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?

—Sí —respondieron todos.

—¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras promesas?

Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir lo pactado.