—Pues bien —replicó el Sufeta—; según la convención pactada entre yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros diez; os guardo en rehenes.

Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja.

Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios, se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta. Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con el ejército de Túnez.

En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos; los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.

Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, horriblemente armados.

Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se adelantaban paralelamente por cada lado.

Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir; se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería miraban siempre hacia él.

Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron al trote a las colinas.

Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron todo el recorrido.

El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se estremeció.