Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un modo magnífico y formidable.

El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres.

Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios.

¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores, que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su guardia particular.

Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de gigantes que llevaran hachas en las cabezas.

Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les obligaba.

La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres, robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y complacencias de esposa.

Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: «¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, abrazándose.

Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.

Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos, y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha de un modo furibundo y precipitado.