A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de lejos, tenían miedo.

Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre.

Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses los mataron por la espalda con estiletes.

Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.

Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida.

Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.

Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el palacio de Salambó.

Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.

Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El númida le contó entonces toda la campaña.

En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas; toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.