Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo preguntar por él al númida.

Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó dijo:

—¡Sí, mátalo; es necesario!

El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así, acabada la guerra, sería su esposo.

Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas, comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia; a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio estarían enarenadas con polvo de oro.

Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes que se pusiera el sol, terminó la entrevista.

Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago. El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta última etapa de la salvación de la República.

Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota; pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.

A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas, que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron.

Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las murallas de aquella ciudad.