Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la fortuna diera una vuelta a la rueda.

Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.

Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a un tiempo al enemigo.

Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.

A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.

Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.

Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en ella con treinta de los Ancianos más ilustres.

Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. ¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»

Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que confiarle un secreto del que dependía su salvación.

Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a Matho, fueron a avisarle.