Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, tal vez ninguna. Lo levantaron.
—¡Habla! —dijo Matho.
Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y serían reyes los dos.
Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa; porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.
Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus soldados.
Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano Sufeta que iba a morir, lloró.
Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos blancos.
No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más cruel, y que sería vengado.
Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los mercenarios.
Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba.