Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y eterna, y esperaba impasible la muerte.
En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo lentamente, con sonrisa indefinible:
—¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?
—¡Eran nuestros hermanos! —contestó el galo; y expiró.
Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.
En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas que les habían tirado desde abajo.
En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.
El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso de las órdenes de Amílcar.
Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los númidas.
Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había muerto cuando se presentó Amílcar.