Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los avestruces heridos.
La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible valor de los mercenarios.
En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de la trompa cortada.
Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su valor, y los númidas arrastraron a todos.
Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.
La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los mercenarios.
Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha, su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando como una enorme sanguijuela.
Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era como una pirámide que poco a poco se agrandaba.
Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún tenía su espada.
El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a Matho los golpes que le amagaban: