—¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!

Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.

Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas. Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado de pies y manos, y cayó.

Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó el momento en que Matho se bajaba para envolverle.

Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta Cartago.

La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las casas, que la ciudad parecía arder en llamas.

Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas, miraba las estrellas.

Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.

Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron.

Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena de enviar soldados.