Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban de ellos.
En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras. A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, formaban manchas brillantes en medio de la arena.
Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.
En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el vientre, le fue desgarrando las entrañas.
Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en la soledad.
De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los chacales que acudían a devorar los restos.
El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se volvió.
XV
MATHO
Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado, frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.