El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas.
En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la desposada.
Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de Matho, prometida para la ceremonia.
Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento.
¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más que con tres dedos.
Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera, en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio.
De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.
El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud.
Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados, que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto.
Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra.