En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le habían conocido y contenían la respiración.
El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de remordimientos, que aumentaba la execración.
Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.
La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos talones.
Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos, cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.
Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de los Ancianos empuñando látigos.
Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha.
Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba en carcajadas.
Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le podían herir, vociferaban contra él.
Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones; no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más terribles en la eternidad.