Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos que le ahogaban en el aire.

Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira; pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.

Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.

Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió.

Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la plaza de Kamón.

Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su alrededor y vio a Salambó.

A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.

A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana: era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado seguía avanzando!

Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó de espaldas y ya no se movió.

Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre.