—¡Escucha! —dijo en voz baja, con un dedo en los labios—. ¡Es una maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, Espendio —y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un fantasma—. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
—¿Para qué? —preguntó Espendio.
Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:
—¡Para librarme del hechizo!
Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:
—Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi alma.
»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
—¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! ¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir tanto?
—¿Acaso soy un niño? —contestó Matho—. ¿Crees que me enternezco por la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...