Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y Hannón empezó a hablar.

Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?»

De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.

Hablaba en púnico, y los que le rodeaban —los más alertas a tomar las armas— eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.

Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el mando en los ejércitos cartagineses.

Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?

Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:

—¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...

A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, y continuaba diciendo: