Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las mujeres.
Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de llamar a los romanos.
Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y desaparecía en las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los talones.
Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies.
Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados, a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso, embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego tomaban otro camino a través del campo.
Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera.
Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por codicia —pensaban los bárbaros—, porque vendió por su cuenta todos los cautivos, declarando a la República que habían muerto.
Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, puso los pies en tierra, tambaleándose.
Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de áloe, para rascarse los pies.