—¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los honderos, mis compañeros, los vuestros!

Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.

Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus compatriotas.

Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.

Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.

Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se encendieron hogueras en las esquinas.

Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores y miserias.

La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les contestó que lo traía consigo.

Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.

El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran, Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les enviaba esto.