Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La escolta, en desorden, galopaba a sus lados.
Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.
Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles. «Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca.
Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores bajaban corriendo de las montañas.
Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada, montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un tercer caballo.
Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.
—¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!
—¿Dónde? —preguntó Matho.
—A Cartago.
Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.