III

SALAMBÓ

La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad, cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una pared o el collar de oro en el pecho de un dios.

Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre, al modo de los avestruces.

Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las murallas calentadas por el sol.

Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las fortificaciones.

Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.

En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar; saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:

—¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! —y su voz era quejumbrosa como si llamara a alguien—. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth! ¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!

Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el polvo, alargando los brazos.