—¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?

Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió:

—No; nada tengo que enseñarte.

—Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas.

Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea. Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire, dijo:

—Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los santuarios.

»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, como una leche, y su noche como un manto.

—¿Y después? —inquirió Salambó.

Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió:

—Después inspiró y gobernó los amores de los hombres.